
El problema del mal Fe, dolor y la bondad de Dios a la luz de las Escrituras
A lo largo de la historia, pocas preguntas han generado tanta reflexión, debate y hasta crisis de fe como la siguiente: ¿Cómo puede un Dios bueno, todopoderoso y amoroso permitir la existencia del mal y el sufrimiento en el mundo?
Este dilema, conocido como el problema del mal, no es únicamente un asunto académico o filosófico. Es, sobre todo, una inquietud profundamente existencial. Cada vez que una persona atraviesa una enfermedad, enfrenta una pérdida inesperada, sufre injusticias o contempla catástrofes naturales, la pregunta resurge con fuerza: ¿Dónde está Dios en medio de todo esto?
El problema del mal planteado
En términos filosóficos, el problema del mal se formula así:
- Si Dios es todopoderoso, entonces tiene la capacidad de eliminar el mal.
- Si Dios es absolutamente bueno, entonces querría eliminar el mal.
- Pero el mal existe.
¿Significa esto que Dios no es bueno, no es todopoderoso, o tal vez no existe?
Este planteamiento, popularizado en la filosofía occidental por pensadores como Epicuro y luego por David Hume, ha sido uno de los desafíos más serios contra la fe en Dios. No obstante, la Biblia nunca ignora la realidad del mal ni el sufrimiento, sino que los enfrenta de manera directa y ofrece una narrativa coherente para comprenderlos.
La realidad del mal en la Biblia
Lejos de presentar un mundo perfecto e idílico, las Escrituras reconocen la presencia constante del mal en sus diversas formas:
- El mal moral: actos de violencia, injusticia, idolatría, corrupción y opresión que los seres humanos infligen unos a otros.
- El mal natural: desastres, enfermedades y calamidades que afectan al ser humano y la creación entera.
- El mal espiritual: la rebelión de Satanás y los poderes de las tinieblas que buscan destruir la obra de Dios.
La Biblia no maquilla la crudeza del mal. Desde la caída de Adán y Eva (Génesis 3) hasta la persecución de la iglesia primitiva y las visiones apocalípticas, se reconoce que vivimos en un mundo quebrantado. Sin embargo, también enseña que el mal no tiene la última palabra.
El origen del mal según la fe cristiana
a) La libertad y la caída
Dios creó al ser humano con libre albedrío, capaz de amarle y obedecerle voluntariamente. Pero esa misma libertad implicaba la posibilidad de rebelarse. En el Edén, Adán y Eva eligieron desobedecer, introduciendo el pecado y la muerte en el mundo (Romanos 5:12).
El mal moral, por tanto, surge de la decisión humana de apartarse de Dios. La creación entera sufre las consecuencias de esa rebelión (Romanos 8:20-22).
b) La rebelión espiritual
La Biblia también describe la caída de Satanás y de ángeles que se opusieron a Dios (Isaías 14; Apocalipsis 12). El mal espiritual es real, y aunque limitado por la soberanía divina, ejerce influencia en el mundo.
c) El misterio del mal
Aun con estas explicaciones, el origen último del mal sigue siendo un misterio. La Escritura no responde al “por qué” definitivo, pero afirma que Dios es absolutamente santo y no puede ser autor del mal (Santiago 1:13).
Dios frente al mal: su soberanía y su plan
Una de las enseñanzas más claras de la Biblia es que Dios sigue siendo soberano aun en medio del mal. Esto no significa que Él cause el mal, sino que lo permite dentro de su plan eterno, con propósitos que trascienden nuestra comprensión inmediata.
Ejemplos bíblicos:
- La historia de José: vendido por sus hermanos, encarcelado injustamente, pero finalmente usado por Dios para salvar a su pueblo. José mismo declara: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien” (Génesis 50:20).
- La cruz de Cristo: el acto más atroz de injusticia (la crucifixión del Hijo de Dios) fue, al mismo tiempo, el cumplimiento del plan redentor de Dios para la salvación del mundo (Hechos 2:23).
Estos ejemplos muestran que Dios puede tomar lo peor del mal y transformarlo en instrumento de gracia y redención.
Respuestas filosóficas y teológicas
A lo largo de la historia, pensadores cristianos han propuesto diversas formas de reconciliar la existencia del mal con la bondad de Dios.
- Agustín de Hipona: definió el mal no como una sustancia creada por Dios, sino como una privatio boni (privación del bien). Es decir, el mal es la ausencia del bien que Dios diseñó.
- Tomás de Aquino: insistió en que Dios permite el mal para que de él surja un bien mayor.
- Leibniz: habló del “mejor de los mundos posibles”, sosteniendo que este universo, aun con su mal, es el escenario óptimo para cumplir los propósitos divinos.
- Plantinga (siglo XX): desarrolló la defensa del libre albedrío, argumentando que un mundo con libertad genuina, aunque implique la posibilidad del mal, es moralmente superior a uno sin libertad.
Aunque ninguna respuesta elimina todo el misterio, todas apuntan a la misma verdad: el mal no niega la bondad de Dios, sino que resalta la necesidad de su redención.
El sufrimiento en la vida del creyente
El cristianismo no promete una vida libre de dolor. Jesús mismo advirtió: “En el mundo tendréis aflicción” (Juan 16:33). Pero también aseguró: “Confiad, yo he vencido al mundo”.
El sufrimiento, desde la perspectiva bíblica, cumple varios propósitos:
- Purificación: “El fuego prueba la fe como el oro” (1 Pedro 1:7).
- Dependencia de Dios: Pablo declara que en su debilidad se perfecciona el poder de Cristo (2 Corintios 12:9).
- Testimonio: La perseverancia del creyente en medio del dolor glorifica a Dios y fortalece a otros.
- Esperanza futura: El sufrimiento presente se compara con “una leve tribulación momentánea” que produce “un cada vez más excelente y eterno peso de gloria” (2 Corintios 4:17).
La respuesta de Dios al mal: Jesucristo
La respuesta definitiva de Dios al problema del mal no es un argumento filosófico, sino una persona: Jesucristo.
- En Él, Dios mismo se hizo hombre y compartió nuestro sufrimiento.
- En la cruz, llevó sobre sí el peso del mal y del pecado.
- En su resurrección, venció al poder de la muerte, asegurando la victoria final sobre todo mal.
El evangelio no elimina el dolor del presente, pero nos da una certeza: el mal no tendrá la última palabra.
La esperanza escatológica
El Apocalipsis ofrece una visión gloriosa: llegará un día en que Dios enjugará toda lágrima, y “ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor” (Apocalipsis 21:4).
Esta esperanza futura sostiene al creyente en el presente. Vivimos en un “ya pero todavía no”: Cristo ya venció al mal en la cruz, pero esperamos su consumación plena en la eternidad.
El problema del mal es, sin duda, uno de los desafíos más profundos para la fe. No hay respuestas fáciles ni completas. Sin embargo, la Biblia nos enseña que:
- Dios es absolutamente bueno y soberano.
- El mal existe, pero no tiene la última palabra.
- Cristo es la respuesta definitiva al sufrimiento.
- La esperanza de la redención futura nos sostiene en medio del dolor presente.
Más que un rompecabezas intelectual, el problema del mal es una invitación a confiar en el Dios que se hizo hombre, sufrió con nosotros y por nosotros, y prometió restaurar todas las cosas.